3 hábitos que cambiaron mi vida: meditación, gratitud y afirmaciones positivas

JORGE BENITO

Nos convertimos en eso que hacemos de forma repetida. Si quieres cambiar tu personalidad, tu mentalidad, tus relaciones, tus finanzas, tu vida… cambia tus hábitos. 

Es la mejor forma de convertirte en quien quieres llegar a ser.

Pequeñas acciones, repetidas a diario, te llevan a resultados masivos.

Hoy voy a compartir contigo los 3 hábitos que cambiaron mi vida internamente y externamente, y lo voy a hacer de una forma un poco diferente a lo habitual, porque además de explicarte cómo funcionan y darte la ciencia, te voy a contar cómo me han cambiado.

El poder de los hábitos

Un hábito es básicamente una acción o un conjunto de acciones que se han vuelto algo habitual para nuestro cerebro.

A tu cerebro le encanta funcionar con patrones o modelos predecibles que se repiten, y no le gusta nada hacer cosas nuevas porque cualquier acción novedosa consume mucha energía mental y corporal.

Tu cerebro no quiere que incorpores nuevas acciones. Quiere que tengas unos pocos hábitos y patrones que aseguren tu supervivencia con el mínimo gasto energético, y que te mantengas ahí, sin cambios. Si haces cosas nuevas, se resiste porque prefiere ahorrar esa energía.

Y para convencerte de que no hagas nada nuevo, tu cerebro usa dos cosas: el miedo para detenerte y las excusas para que no te sientas mal por haberte detenido. 

¿Cómo superas estos obstáculos que tu cerebro crea? Con acción constante, diaria. Repetición. Cuando tu cerebro nota que tú repites una acción cada día a pesar de que él te pone delante esas resistencias, se rinde y automatiza esa acción.

Se convierte en un hábito, en un patrón que el cerebro incorpora para que consuma menos energía.

Acción consistente. Claro que al principio te va a costar, pero si sigues adelante repitiendo y repitiendo, el hábito se instala.

Crear un nuevo hábito requiere de mucho esfuerzo inicial, pero una vez automatizado, funciona de forma mecánica.

Mindfulness

El primer hábito que ha marcado un antes y un después en mi vida ha sido la meditación mindfulness.

Hace 8 años, en junio de 2012, salí de España y me puse rumbo a Guatemala. Lo dejé todo atrás dispuesto a empezar de cero.

¿Sabes por qué lo hice?

Porque yo estaba convencido de que la raíz de todos mis problemas estaba en mis circunstancias, así que si cambiaba de entorno, mis circunstancias cambiarían y ya está, a vivir feliz para siempre, como en los cuentos.

Y qué mejor forma entorno que un paraíso tropical como el Lago de Atitlán, uno de los rincones más bellos del planeta.

Pero cuando llegué aquí, nada cambió. Estuve unos días maravillado, pero pronto mis pensamientos volvieron a lo mismo de siempre.

Había logrado cumplir mi sueño, pero mi mente seguía siendo la misma.

Una mente secuestrada por la negatividad, siempre enganchada en la preocupación, la duda, el miedo y el resentimiento.

Yo caminaba por los cerros más bellos que mis ojos hubieran visto, con mi perro y mi mejor amigo a mi lado, la vida perfecta… pero por dentro me sentía igual porque mi mente era puro veneno. Siempre pensando en todo lo que me generaba insatisfacción, siempre qujándose y siempre temerosa.

Aún me acuerdo muy bien del momento exacto en el que, por fin, reconocí que el problema no estaba afuera, en mis circunstancias o en mi entorno, sino adentro.

Y ahí, bien adentro, es donde yo tenía que mirar si quería ponerle fin a tanta ansiedad y desesperación.

Por eso empecé a meditar.

Y muy pronto fui notando cómo mi mente ya no se quedaba tan enganchada en los problemas. Me seguían pasando las mismas cosas pero yo ya no las vivía de la misma forma. Ya no me desesperaba, sino que podía dirigir a mi mente hacia la solución, hacia la posibilidad, hacia la luz.

Procesaba la vida de otra forma, como si hubiera instalado un nuevo software mental.

Y bueno, en cierta forma eso es exactamente lo que la meditación mindfulness hace. Regula tu sistema nervioso, potencia tus capacidades psicobiológicas y desarrolla todas esas virtudes que te convierten en una persona orientada al crecimiento.

Te cuento brevemente.

Tu sistema nervioso está biológicamente diseñado para ayudarte a enfrentar todas esas amenazas que ponen en riesgo tu supervivencia. Cada vez que detecta una señal de peligro, activa el modo de lucha o huida, el famoso estrés, para que tengas más garantías de supervivencia.

El estrés te tensa, te pone alerta y envía sangre a las extremidades instantáneamente, así que es muy útil si quieres salvar el pellejo en determinadas situaciones. 

El problema es que tu cerebro no sabe diferenciar entre las cosas que te suceden y las cosas que piensas. Para tu cerebro todo es información.

Si tú piensas en cosas negativas y dramáticas, o en cosas que te preocupan, para tu cerebro no hay duda: cree que estás enfrentando una amenaza pelirgosa y rápidamente activa una respuesta de lucha o huida que libera hormonas del estrés masivamente y crea un estado de contracción psicobiológica.

Y esto es lo que te está sucediendo constantemente en tu día a día. Y lo que me sucedía a mí. Exactamente esto.

Si la mayoría de tus pensamientos están en aquel pasado doloroso que tanto te atormenta o en ese futuro terrible que tanto miedo te da, estás todo el tiempo entregándole información negativa a tu cerebro, ordenándole que active los mecanismos biológicos del estrés.

Tu miedo y negatividad están enviándole tantas señales de amenaza a tu cerebro que estás perpetuamente en protección biológica. Siempre con estrés. 

Tu mente le está diciendo a tu cuerpo que la vida es una continua amenaza, así que tu biología te mantiene siempre estresado para que puedas enfrentar esa vida tan peligrosa.

Y si siempre estás en protección, no puedes estar en crecimiento.  

Da igual que en tu entorno no pase nada peligroso. En tu cabeza sí está sucediendo, y eso es real para tu cerebro. 

La meditación mindfulness entrena a tu cerebro para salir de ese laberinto de negatividad, y lo hace de la forma más eficaz que hay: te permite recuperar la capacidad más importante que tienes como ser humano, una forma de energía mental que domina a todas las demás: tu atención.

Cuando tu mente se queda enredada en todos esos pensamientos tóxicos, la tormenta mental, tú puedes salir de ese laberinto porque puedes cortar la cadena de pensamientos usando tu atención. 

¿Cómo?

Mueves tu foco de atención a otros aspectos de tu realidad que no son tan negativos y dramáticos, sales de esa autoabsorción neurótica de inmediato, y tu cerebro recibe instantáneamente nueva información que le indica que ya no debe protegerse de nada, así que desactiva el estrés. Instantáneamente.

Y si a esto le unimos que poco a poco te vas volviendo más consciente de tus patrones perniciosos, tus desviaciones y neurosis, y tus conductas deshonestas, y de cómo ir disolviendo toda esa ignorancia para ir dejando paso a la claridad, pues ahora ya puedes ver por qué me pongo tan insistente con animar a todo el mundo a practicar la meditación mindfulness.

Eso sí, tienes que meditar todos los días, está claro, porque hacerlo esporádicamente no te va a servir de mucho. Tiene que ser un hábito tan sólido como cepillarte los dientes.

Gratitud

El segundo hábito que cambió mi vida es la gratitud.

La gratitud tiene multitud de beneficios científicamente demostrados: mejora la salud física y mental, fortalece los sentimientos de conexión, propósito y satisfacción en las relaciones personales y sociales, mayor alegría, optimismo, entusiasmo, determinación y energía, mayor autoconciencia, incremento de la capacidad de observación, concentración y atención, mayor autoestima…

La lista es enorme.

Pero yo no buscaba nada de eso en la gratitud. Lo que yo buscaba era meter a mi cerebro en un estado de recepción.

Porque eso es exactamente lo que la gratitud hace.

Tu cerebro sabe que el agradecimiento es algo que sientes cuando hay una recompensa de por medio. Recibes algo que tú consideras valioso, y al recibirlo, ¿qué haces? Das gracias.

Así que siempre que aparece la palabra gracias en tu vida, ya sea pensada o hablada, para tu cerebro es una señal clara de que has recibido algo preciado para ti,  así que entra en un estado de recepción y apertura.

Yo quería ver qué pasaría si lograba poner a mi cerebro en un estado de recepción a diario, cada día. Quería ver cómo me sentiría, pero también tenía curiosidad por ver si eso propiciaría que más cosas buenas llegaran a mi vida, como si esa recepción fuera una llamada a recibir más cosas valiosas.

Así que incorporé el hábito del diario de gratitud. Cada día, justo después de levantarme, mientras el café se va preparando, escribo una página en mi libreta.

Me lleva solamente dos o tres minutos.

Me centro en un aspecto de mi vida, y escribo la página entera agradeciendo por eso. Yo prefiero obligar a mi cerebro a profundizar en ese aspecto que hacer grandes listas superficiales con muchas cosas, pero en realidad cualquier forma de agradecimiento vale. Yo lo hago así porque me gusta, no porque sea la única forma.

Y los resultados que he notado son espectaculares. 

Al recordarme cada día que mi vida está rodeada de bondad, mi mente ha dejado de centrarse solamente en lo negativo. Cada día estimulo a mi cerebro con agradecimiento y él está más orientado a lo constructivo que hay en mi vida en lugar de lo indeseable o insatisfactorio.

Mi reactividad impulsiva ha descendido a niveles que yo, sinceramente, no creía posibles. 

Hay más sosiego en mi vida, discernimiento, claridad y entendimiento a la hora de enfrentar los problemas, preocupaciones y conflictos de mi vida cotidiana.

Y sí, más cosas buenas están llegando. No sé si esto está directamente relacionado con la gratitud porque no tenemos literatura clínica que lo avale y no puedo afirmar que todo eso sea el resultado de mi hábito de agradecer, pero personalmente yo creo que sí. Tú puedes creer lo que quieras, por supuesto.

En todo caso, te recomiendo que incorpores el hábito de la gratitud de inmediato. Lleva unos minutos al día y los resultados son extraordinarios. 

Una de las mejores decisiones de mi vida ha sido iniciar el hábito diario de meditación mindfulness.

Resiliencia

Y el tercer hábito es la resiliencia, que yo ejercito a través de las afirmaciones positivas, en un momento te digo cómo. 

La resiliencia es la capacidad sobreponernos a períodos de dolor emocional y situaciones adversas con coraje y entereza, sin sucumbir y derrumbarnos.

Yo en mi adolescencia y mi juventud temprana fui una persona muy frágil y cobarde, y siempre me pregunté: «¿Por qué hay personas que muestran tanta fortaleza a pesar de estar viviendo situaciones terribles, mucho más desfavorables que las mías?»

Y siempre había tenido esa pregunta rondándome.

Al estudiar la resiliencia, descubrí que esa capacidad no es algo que unos tienen y otros no. Es un como un músculo. Si la usamos, se fortalece. Si no la usamos, se atrofia. Por eso digo que la resiliencia es un hábito.

Y la mejor forma de fortalecer ese músculo de la resiliencia es usar tu lenguaje, ya sea las cosas que dices al comunicarte con otros o la historia que te cuentas a ti mismo en tu cháchara interior.

La resiliencia, tal y como yo la entiendo, es dejar de desear que todo sea fácil y conveniente en la vida, dejar de desear que alguien te rescate porque claro, pobrecito tú que estás desvalido. Es dejar de esquivar la dificultad.

Cuando te alejas de los desafíos, solo refuerzas la idea de que tú no tienes todo lo necesario para lidiar con lo que la vida te va dando, y esa visión tan pobre de ti mismo es el verdadero problema, no las situaciones.

La vida tiene momentos dolorosos, inesperados e inciertos. Siempre los ha tenido y siempre los tendrá. Cuando aceptamos esta verdad y, a partir de ahí, adoptamos una disposición interior en la que sabemos que, cuando lleguen, nosotros vamos a saber transitarlos sin sucumbir emocionalmente, la resiliencia se emerge y se desarrolla.

La debilidad no es una virtud. No requiere ningún esfuerzo ser alguien débil, frágil y autocomplaciente. Si eres una persona vaga, que se queja amargamente todo el tiempo, que constantemente se lamenta porque las cosas no son como tú quieres y que fácilmente te dejas dominar por emociones como la ira, la rabia o la lástima por sí mismo, eso solo te daña a ti y a los que te rodean.

Así era yo.

Yo me sentía una víctima desamparada, sin capacidad, sin recursos, sin fortaleza. Un copito de nieve que se derretía cuando las condiciones no eran ideales. Si el camino si volvía escarpado y espinoso, yo huía con el rabo entre las piernas.

Hay gente que dice que mostrar debilidad es un signo de fortaleza. En absoluto. Esa es la excusa que nos ponemos para no hacer lo que sabemos que tenemos que hacer. Como sentimos que no tenemos la fuerza y el coraje para enfrentar lo que tanto nos asusta, vamos fácilmente a la justificación.

Nos desesperamos, nos derrumbamos cuando la vida aprieta, y todavía nos atrevemos a disfrazar eso de virtud.

La debilidad no es nunca una virtud. La debilidad te estanca. Es apatía, inacción y victimismo, mientras que la vulnerabilidad te lleva a dar los pasos necesarios para enfrentar ese gran problema que tanto te aflige y buscar activamente una solución.

Yo me vanagloriaba de mi propia debilidad, y la debilidad no es nunca algo de lo que presumir.

¿Cómo desarrollé mi resiliencia?

Cambiando mi lenguaje.

Dejé de decir cosas que solo me debilitan, y empecé a decir cosas que me fortalecen.

Por ejemplo, en lugar de decir “no puedo”, dices “¿Qué más puedo hacer para mejorar?”

En lugar de “me rindo”, dices “probaré algo nuevo”.

En lugar de «es muy difícil, qué complicado», dices “Esto me llevará más tiempo del que yo pensaba, pero no voy a tirar la toalla solo porque sea difícil. Yo puedo con las cosas fáciles y con las difíciles”.

En lugar de “Nunca lo lograré”, dices “seguiré aprendiendo, desarrollando nuevas habilidades, y tarde o temprano lo lograré”

Ahora bien, cómo logras que tu mente se vaya moviendo hacia ese discurso más expansivo y resiliente. Porque claro, eso no pasa mágicamente solo porque tengas la mejor de las intenciones. Por mucho que tú quieras volverte resiliente, la mente tira hacia donde ella está más acostumbrada, hacia la negatividad, la queja y la duda.

Bueno pues aquí es donde entran las afirmaciones positivas.

Repetir en voz alta frases que contienen información edificante hace que tu cerebro reciba esa información y vaya cambiando para adaptarse a eso que, para él, es una experiencia tan real como cualquier cosa.

Por eso cuando dices en voz alta frases como  “soy una persona resiliente, yo tengo en mí todo lo necesario para enfrentar cualquier situación que la vida me presenta”, eso es real para tu cerebro. Es información. Y si repites y repites esto a diario, tu cerebro integra esa información y tu mentalidad cambia. Te reprogramas.

Disciplina

Tienes que comprometerte firmemente contigo. Convertirte en la persona que sabes que puedes llegar a ser exige compromiso y mucha disciplina. 

No motivación. Disciplina.

Yo creo firmemente que la felicidad no es el resultado de grandes golpes de suerte, sino de pequeños esfuerzos diarios.

Hay mucha gente que dice, «cuando me sienta motivada o motivado, lo haré».

No funciona así.

La motivación es un sentimiento. Y los sentimientos vienen y van. Hoy están aquí, mañana ya no están. Si solamente haces las cosas cuando te sientes motivado, quiere decir que dependes de ese sentimiento de motivación.

Pero la mayoría de las veces no vas a sentir que tienes ganas de hacerlo. No vas a sentir ninguna motivación.

Si solamente estás dispuesto a actuar cuando sientes que tienes ganas, pues vas a actuar muy pocas veces, porque ya hemos visto que tu cerebro se encarga de que no tengas ganas.

No es esperar a estar motivados para actuar. Es crear la motivación desde dentro.

Y esto lo logras actuando. Poniéndote manos a la obra. La motivación surge después de empujarte a la acción. Ahí pones en movimiento esa energía.

Hazlo cuando te apetece y hazlo cuando no te apetece. Te sientas como te sientas, hazlo.

Claro que tu cerebro siempre va a querer tomar el camino sencillito y conveniente, el que no consume energía, pero tú haces lo que dijiste que harías aunque sea difícil. No te arrugas.

Eso es la disciplina. Es una intervención consciente en la que tú decides hacerlo a pesar de los impedimentos, a pesar de que hay una parte de ti que se resiste, y a pesar de que hay una parte de ti que quiere que todo sea fácil y dulce.

No esperes a que sea todo perfecto para hacer lo que sabes que es correcto. Hazlo independientemente de las circunstancias o de cómo te sientas.

Te va a costar al principio. Mucho.

Y depende de ti enfrentar ese desafío con coraje. 

Ve paso a paso. Día a día. Acción consistente. Cuando estás triste y cuando estás alegre. Cuando te apetece y cuando no te apetece. Cuando llueve y cuando hace sol. Pase lo que pase, te mantienes ahí.

Así vas a construir una mentalidad disciplinada que no necesita que todo sea de ensueño ahí fuera o que todos tus sentimientos sean puro azúcar aquí dentro. Haces lo que sabes que añade valor a tu vida siempre.

Depende de ti, y tú puedes hacerlo.

Porque hay en ti mucho más de lo que ves, pero esa grandeza no va a aparecer mágicamente una mañana cualquiera, así porque sí. Tu grandeza se va a revelar cuando hagas lo que tanto te resistes a hacer e incorpores esos hábitos de crecimiento, esas pequeñas acciones que crean cambios masivos en tu vida.

Si incorporas estos hábitos, tu vida va a mejorar. Seguro. Y eso es lo que quieres, por eso estás aquí, porque quieres mejorar tu vida.

Ya sabes el camino. Ahora toca hacerlo.

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