El Efecto Súper Mario: cómo engañar a tu cerebro para que aprenda cualquier cosa más rápido y más fácil

JORGE BENITO

Imagina que es la primera vez en tu vida que juegas a un videojuego de Super Mario y que en ese primer intento, sin haber jugado nunca antes, te pasas el juego completo.

Te extrañaría mucho, ¿verdad? Muy raro no haber cometido ni un solo fallo. Lo lógico hubiera sido perder vidas muchas veces. 

Y cada vez que perdieras una vida, no te importaría lo más mínimo cometer ese error. No caerías en la desesperación, no te dirías a ti mismo que eres un fracasado y que no llegarás a nada en la vida, ni tampoco culparías al mundo por lo injusto de tu situación ni alzarías el puño pidiéndole explicaciones a los Cielos por haberte abandonado a tu suerte.

Cuando pierdes una vida en el juego, el enfoque es, “ok, ahí hay un agujero, para la próxima ya sé lo que hacer para no caerme”. O… “ahí hay un enemigo que lanza rocas, para la próxima ya sé que tengo que hacer para esquivarlas.”

El foco es progresar, no pasarte el juego a la primera. Y el fracaso no solo es lo más normal del mundo, sino que es hasta necesario para avanzar.

Y esta perspectiva, por sí sola, provoca algo muy interesante en tu cerebro: en lugar de resistirse, el cerebro se emociona por aprender cosas nuevas e invierte todos sus recursos cognitivos en adquirir lo más rápido posible esas destrezas que sabe que necesita para progresar.

El efecto en tu cerebro

Este es el llamado Efecto Super Mario, un concepto que popularizó el ingeniero de la NASA Mark Rober.

Se trata de un enfoque mental que cambia la forma en la que tu cerebro se relaciona con los desafíos que te toca enfrentar en tu día a día. Como sabe que cada fallo es un pasito más en tu proceso de aprendizaje, deja de resistirse y se enfoca en aprender lo que sabe que necesitas aprender para superar ese obstáculo que ahora enfrentas y, de esta forma, progresar.

Este enfoque mental saca a tu cerebro de la parálisis que le provocaba fallar y lo empuja a aprender cualquier cosa más rápido y más fácil.

Verás, cualquier cosa que tu cerebro percibe como indeseable pasa inmediatamente a ser catalogada como un peligro.

Para tu cerebro solo hay dos formas de etiquetar tus situaciones de vida: cosas seguras o cosas peligrosas. No hay más. 

Cuando tu cerebro percibe que algo es seguro, siente atracción hacia esa situación y activa una respuesta de relajación en el sistema nervioso, el modo de crecimiento o sistema nervioso parasimpático.

Pero cuando percibe que algo es peligroso, hará todo lo posible por alejarse de ese peligro, así que activará una respuesta de lucha o huida, el modo de emergencia o modo simpático.

Eso quiere decir que si tu cerebro percibe el fracaso como algo peligroso, hará todo lo posible para alejarse del fracaso. 

¿Y cuál es la mejor forma de no fracasar? No actuar. Tu cerebro sabe que si no lo intentas, no fracasas. 

Es verdad que tampoco creces ni avanzas, eso está claro… pero no fracasas. No te expones a ese peligro tan amenazante llamado fracaso.

Y esto te lleva a dos tipos de comportamientos principales que evitan que hagas eso que en realidad te gustaría hacer: parálisis y procrastinación.

Habrá situaciones que te aterroricen y bajo ningún concepto querrás exponerte a ellas a pesar de que te encantaría tener el valor de hacerlo, como por ejemplo empezar un nuevo negocio o acercarte a la persona que te gusta y confesarle lo que sientes, así que mejor no haces nada y de esa forma evitas enfrentarte a ese miedo al fracaso y el rechazo.

Y otras situaciones que no te dan miedo pero postergas, siempre lo dejas para más tarde y al final no acabas haciendo lo que quieres hacer, como por ejemplo empezar una dieta, hacer ejercicio o ponerte a estudiar para ese examen.

Estos dos tipos de comportamiento, parálisis y procrastinación, al final logran exactamente lo que tu cerebro quiere: que no hagas nada.

Pero cuando dejas de percibir el fracaso como algo terrorífico o detestable y, en lugar de ello, adoptas esta mentalidad donde cada fallo es una parte necesaria de tu proceso de aprendizaje y crecimiento, tu cerebro cambia su relación con el fracaso y ya no lo etiqueta como un peligro del que debe alejarse, así que tu miedo a fracasar se esfuma.

Y lograr esto, lograr que tu cerebro deje de sentir que debe huir o protegerse de los errores, los fallos o los fracasos, elimina la parálisis y la procrastinación, potencia los procesos cognitivos de aprendizaje y multiplica tus posibilidades de éxito.

El foco no es que te tomes la vida como un videojuego, sino cambiar la forma en que tu cerebro se relaciona con tus retos, desafíos y dificultades cotidianas.

Cómo cambiar de enfoque

Ahora bien, ¿cómo logramos este reenfoque? ¿Cómo podemos hacer que el cerebro adopte esta nueva perspectiva en la que el fracaso ya no es algo peligroso sino un pasito más para progresar y pasar al siguiente nivel?

Usando el circuito de recompensa del cerebro.

El circuito de recompensa es un sistema funcional presente en todos los mamíferos biológicamente diseñado para motivarnos a ejecutar acciones que nos proporcionen recompensas. Nuestra naturaleza detectó que una buena forma de conservar la especie era recompensar esos comportamientos que aseguran nuestra supervivencia con una sensación de placer, así que creó este sistem cuyo neurotransmisor fundamental es la dopamina

Así que podríamos decir que, para tu cerebro, la recompensa como tal es la dopamina en sí misma, por eso refuerza los comportamientos que liberan dopamina y se opone a los comportamientos que, al no proporcionarte una recompensa inmediata, no liberan dopamina.

Si tu cerebro cree que la recompensa llegará cuando adelgaces 10 kilos, no se sentirá recompensado por comerte una ensalada hoy. Como adelgazar 10 kilos es algo lejano y difícil de lograr, tu cerebro se resiste, no tiene ningún interés por ayudarte a lograr ese objetivo.

Pero si divides ese gran objetivo a largo plazo en pequeños pasos diarios, como si fueran las pantallas del videojuego, y logras que tu cerebro libere dopamina cada vez que ejecutes esas pequeñas tareas diarias, tu cerebro sí querrá que actúes.

Y esto lo logras dándote un pequeño premio, una recompensa, cada vez que completes esas pequeñas tareas.

Si volvemos al ejemplo de adelgazar, lo que haces es crear una serie de pequeñas acciones diarias que tú sabes que te ayudarán a lograr ese gran objetivo, y te recompensas cada vez que cumplas con una. Después de tu sesión de ejercicio físico o de haber hecho esa comida saludable que elegiste, te premias.

Al darte una recompensa, el cerebro liberará dopamina y asociará esa acción con una recompensa, con lo que reforzará ese comportamiento. Ya no te paralizará ni querrá procrastinar, sino que te empujará a actuar. Invertirá todos sus recursos psicobiológicos para que, de esa forma, pueda obtener su ración de dopamina. 

Y como en el circuito de recompensa también participan regiones cerebrales asociadas con el aprendizaje, la memoria y la adquisición de nuevas destrezas, tu cerebro aprenderá más fácil y más rápido.

Elige tus recompensas

¿Qué recompensas o premios puedes darte cada vez que cumplas con esa pequeña misión diaria que te has asignado?

Tú eliges, pero asegúrate de que sea algo que realmente te resulte placentero, gratificante y altamente motivador.

Yo, por ejemplo, sé que todos los días debo escribir si quiero completar mi próximo libro cumpliendo con los plazos que me marca la editorial. Y me he marcado un objetivo diario de 2000 palabras.

Bueno, pues mi forma de decirle al cerebro que la escritura es una actividad que le proporcionará una recompensa es la siguiente:

Cada día, antes de escribir, selecciono unos cuantos vídeos de mis canales favoritos. Cocina, videojuegos, deportes de contacto, manga y anime, viajes, arquitectura… Todo eso que yo considero entretenimiento.

Y cuando termino de escribir las 2000 palabras, tengo permiso para ver esos vídeos que he seleccionado.

Esa es la negociación que establezco conmigo mismo sabiendo muy bien el efecto que provoca. Y lo hago cada día.

Mi cerebro sabe que disfruto muchísimo de esos momentos de relax viendo mis vídeos favoritos con las piernas encima de la mesa y un vaso de agua fría con gas, así que me anima a completar con excelencia la tarea de escribir 2000 palabras para así obtener su dopamina.

Y esto, al mismo tiempo, está potenciando mis procesos de aprendizaje, con lo que mi cerebro se encarga de que cada vez sea mejor en lo que hago.

Esto es lo que yo hago, pero tú puedes crear la recompensa que tú quieras, así que como te decía escoge algo que te resulte altamente motivador y que sea una fuente de placer y deleite para ti, y por supuesto, elige algo que no interfiera con tu objetivo a largo plazo. Es decir, si quieres adelgazar, estarás de acuerdo en que comer algo con mucho azúcar después de hacer ejercicio no es la mejor recompensa para ti.

No esperes hasta haber logrado tu objetivo final. Recompénsate con cada pequeño logro diario. Todos los días.

Resumiendo

Muy bien, vamos a resumir el proceso.

Cuando tengas claro el objetivo a largo plazo que quieres lograr, graduarte de esa carrera universitaria, perder tantos kilos, aprender a tocar un instrumento, alcanzar un objetivo económico específico… lo que sea… lo que haces es dividir ese gran objetivo en pequeñas acciones diarias.

Acciones diminutas que tienes que repetir cada día.

Y recompénsate cada vez que cumplas con esas pequeñas acciones diarias.

Cuando día a día ejecutes esas acciones diminutas y las conviertas en un hábito gratificante que tiene su pequeña recompensa asociada, tu cerebro ya no se verá paralizado por ese miedo al fracaso del que hablábamos al principio.

Estará tan enganchado al progreso diario que se emocionará por avanzar y por adquirir lo más rápido posible esas habilidades y destrezas que sabe que necesitas para avanzar.

En lugar de obsesionarte por el objetivo final, identifica qué hábito diario necesitas crear para que, paso a paso y día a día, te vayas acercando un poquito más a esa aspiración ideal. Haz que tu misión diaria sea repetir esas pequeñas acciones que tú sabes que te acercan al logro que quieres conquistar.

Y así es como, de forma lenta pero segura, te vas a convertir en quien tú quieres llegar a ser.

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